Juan ve la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén, descender del cielo, preparada como una novia adornada para su esposo. La ciudad brilla como una piedra preciosísima, con un muro alto y doce puertas. Los cimientos del muro están adornados con toda clase de piedras preciosas. La ciudad no necesita la luz del sol ni de la luna, porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su lámpara.
Dios ha preparado una ciudad santa increíblemente hermosa como hogar eterno para quienes lo aman. La ciudad está llena de la luz gloriosa de Dios y no necesita sol ni luna. Esto nos llena de esperanza para el futuro, al saber que el amor de Dios por nosotros supera nuestra imaginación. Debemos responder a Dios con adoración y alabanza, seguirlo fielmente y esperar entrar un día en esta ciudad gloriosa.
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