El profeta Isaías, enviado por Dios, lanzó una severa advertencia al pueblo rebelde de Israel. Aunque el pueblo ofrecía sacrificios y observaba fiestas, sus corazones estaban alejados de Dios, llenos de injusticia y pecado. Dios, como un padre compasivo, con tristeza les señaló sus pecados, pero misericordiosamente los llamó a regresar, prometiéndoles que si se arrepentían, sus pecados, aunque eran rojos como el carmesí, se volverían blancos como la nieve.
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