Pablo fue encarcelado, pero no tenía miedo ni estaba triste. Al pensar en sus queridos amigos de la ciudad de Filipos, su corazón se llenó de gratitud y alegría. Cogió su bolígrafo para escribir y les dijo a sus amigos que cada vez que pensaba en ellos, oraba y agradecía a Dios por permitirles unirse para difundir las buenas nuevas de Jesús. Pablo dijo que aunque él estaba atado con cadenas, la Palabra de Dios no estaba atada; en cambio, más personas llegaron a conocer a Jesús gracias a ello. Animó a sus amigos a no tener miedo de las dificultades, porque vivir es Cristo, y pase lo que pase, es bueno.
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