Naamán, el gran comandante de Aram, era valiente y muy respetado, pero padecía una grave enfermedad de la piel. Una niña que servía en la casa de Naamán le dijo a su señora que Eliseo, un profeta en Israel, podía ayudar al comandante a recuperarse. Naamán viajó a Israel con muchos bienes, pero Eliseo solo envió a un ayudante para decirle que se lavara siete veces en el río Jordán. Al principio, Naamán se enfureció porque la orden le parecía demasiado sencilla. Después de que sus siervos lo convencieran, dejó a un lado su orgullo y entró en el Jordán. Cuando salió del agua por séptima vez, su piel quedó restaurada como la de un niño pequeño. Naamán regresó lleno de alegría para agradecer a Eliseo, reconoció que solo Dios es el Dios verdadero y comprendió que la gracia de Dios no se puede comprar con riquezas. Todo comenzó con las palabras valientes y llenas de fe de aquella niña.
Naamán, aunque era un gran comandante, al principio casi perdió la sanidad que Dios le ofrecía por causa de su orgullo. Cuando se humilló, obedeció y fue al río Jordán para lavarse siete veces, quedó completamente limpio. Esta historia nos enseña que la gracia de Dios no se puede comprar con dinero; solo necesitamos obedecer con humildad para recibirla. El orgullo puede hacer que perdamos las bendiciones de Dios. No importa cuán alta o baja sea nuestra posición: un corazón humilde ante Dios es la clave para recibir su bendición.
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