Cuando llegaron al Gólgota, los soldados clavaron a Jesús en la cruz y sobre su cabeza colocaron un cartel que decía: "Este es Jesús, el Rey de los judíos". Los soldados echaron suertes sobre sus vestiduras. Con él crucificaron a dos ladrones. La oscuridad cubrió toda la tierra. Jesús gritó a gran voz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Gritó de nuevo con fuerza y luego exhaló su último suspiro.
Jesús fue crucificado y soportó un dolor inmenso. La gente se burlaba de él, diciendo que podía salvar a otros, pero no a sí mismo. En realidad, Jesús podía bajar de la cruz, pero decidió quedarse allí porque iba a morir para salvar a todos. La oscuridad que cubrió toda la tierra mostró que aquella no era una muerte común, sino el momento decisivo del plan de salvación de Dios. El sacrificio de Jesús nos enseña qué es el amor más grande: entregarse por los demás.
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