Jesús condujo a los discípulos hasta las cercanías de Betania y, levantando las manos, los bendijo. Mientras los bendecía, fue elevado al cielo. Los discípulos lo adoraron y luego regresaron a Jerusalén con gran alegría, alabando a Dios en el templo.
Jesús ascendió al cielo para prepararnos una morada eterna y prometió que un día volverá para recibirnos. Esto nos recuerda que nuestra vida presente es solo una estancia temporal y que el cielo es nuestro verdadero hogar; por eso, debemos mantener siempre la mirada puesta en esa esperanza gloriosa.
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