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Josué ya era anciano, y Jehová le dijo que todavía quedaba mucha tierra por tomar, pero que ahora debían comenzar a repartir la tierra de Canaán entre las tribus de Israel como su herencia. Dios describió con detalle las zonas que aún no habían sido conquistadas y prometió que Él mismo expulsaría a los habitantes de esos lugares. Moisés ya había dado antes la tierra al este del Jordán a los rubenitas, a los gaditas y a la media tribu de Manasés como herencia permanente. Los levitas no recibieron una porción de tierra, porque Jehová, el Dios de Israel, era su herencia. Este reparto de la tierra fue el cumplimiento concreto de la promesa de Dios a Abraham, Isaac y Jacob.
La tierra que Dios prometió a Israel fue repartida a cada tribu, mostrando la fidelidad de Dios hacia su pueblo. Aunque los levitas no recibieron tierra, recibieron a Dios mismo como su porción, una bendición aún más preciosa. Esto nos enseña que las promesas de Dios se cumplirán con seguridad, y que Él ha preparado bendiciones únicas para cada persona. En nuestra vida debemos aprender a confiar en el plan de Dios, sabiendo que la mejor herencia no son las riquezas materiales, sino una relación cercana con Dios.
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