Un experto en la Ley preguntó a Jesús: «¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Luego preguntó: «¿Quién es mi prójimo?». Jesús contó entonces una parábola: un hombre fue asaltado por ladrones y quedó tendido en el camino, medio muerto. Un sacerdote y un levita pasaron de largo sin ayudarlo. Pero un samaritano, habitualmente despreciado por los judíos, se detuvo, vendó las heridas del hombre, lo llevó a una posada y pagó para que lo cuidaran.
El verdadero prójimo no se define por los lazos de sangre, sino por estar dispuesto a inclinarse para ayudar a quien lo necesita. Amar al prójimo no es teoría, sino acción concreta.
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