Los israelitas habían estado exiliados en Babilonia durante setenta años, y pensaban día y noche en su lejana patria y en el Templo en ruinas. En ese momento, el corazón de Ciro, el rey persa, fue conmovido milagrosamente por Dios, y emitió un decreto que no sólo permitió a los israelitas regresar a Jerusalén para reconstruir el Templo, sino que también devolvió los vasos de oro y plata que habían sido tomados del Templo. Dios conmovió el corazón de muchas personas, y con esperanza y gratitud emprendieron el viaje de regreso a su tierra natal, mientras los vecinos de los alrededores donaban de buena gana oro, plata y otros bienes para ayudarlos.
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