Cuando Mardoqueo se enteró del plan de Amán para exterminar a los judíos, se rasgó las vestiduras, se vistió de cilicio, se cubrió de ceniza y lloró amargamente. Por medio de un mensajero pidió a Ester que entrara en el palacio, compareciera ante el rey y suplicara por su pueblo. Ester respondió que, según la ley, cualquiera que entrara sin ser llamado en el patio interior para ver al rey debía morir. Mardoqueo le envió otro mensaje: «¿Quién sabe si no has llegado a ser reina precisamente para una ocasión como esta?». Ester pidió al pueblo que ayunara por ella durante tres días y tres noches. Después entraría a ver al rey, aunque fuera contra la ley: «Si muero, moriré».
Ser valiente significa elegir hacer lo correcto incluso cuando tenemos miedo. La fe no consiste solo en decir que creemos en Dios; también exige responder a su llamado con acciones. Cuando Dios nos confía una oportunidad y una misión, debemos actuar con valentía, como Ester: aun frente al peligro, hemos de estar dispuestos a obedecer la guía de Dios. La verdadera valentía no consiste en no sentir miedo, sino en estar dispuestos a asumir un costo para cumplir la voluntad de Dios, incluso cuando tenemos miedo.
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