El profeta Miqueas tuvo una visión y Dios descendió del templo celestial para juzgar los pecados de Samaria y Jerusalén. Las montañas se derritieron ante Dios, y las aguas de los valles se precipitaron. Samaria quedará en ruinas a causa de la adoración de ídolos, y las ciudades de Judá también afrontarán el desastre. Miqueas lloró y se lamentó por el destino del pueblo, llamando a todos a despertar y arrepentirse.
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