Moisés permaneció mucho tiempo en la montaña. El pueblo se impacientó y pidió a Aarón que les hiciera algo que pudieran ver. Aarón recogió los pendientes de oro de todos, fundió el oro y le dio forma de becerro de oro. El pueblo se alegró mucho al ver el becerro y bailó a su alrededor. Dios le contó a Moisés lo que estaba sucediendo abajo, y Moisés bajó de prisa. Cuando vio el becerro de oro y al pueblo bailando, sintió un profundo dolor y arrojó las dos tablas de piedra, que se rompieron. Moisés eliminó el becerro de oro y lo molió hasta convertirlo en polvo. El pueblo lamentó su error, y Moisés oró fervientemente por ellos. Dios escuchó su oración. Más tarde, Moisés le pidió a Dios que le permitiera ver su gloria.
Como el pueblo no pudo esperar, olvidó la ayuda de Dios y acudió a un becerro de oro que no podía ayudar a nadie. Fue una decisión equivocada. Esta historia nos recuerda que debemos confiar en Dios aun mientras esperamos y no permitir que la impaciencia nos aparte del camino correcto. Moisés no abandonó al pueblo que había obrado mal, sino que oró fervientemente por ellos. Nosotros también podemos orar por quienes nos rodean y volvernos de corazón después de cometer un error.
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