El anciano apóstol Pablo escribe desde la prisión a su amado joven compañero de trabajo Timoteo, recordando la fe sincera que Timoteo recibió de su abuela Loida y su madre Eunice, con gratitud y anhelo. Pablo exhorta urgentemente a Timoteo a avivar el fuego del don que hay en él mediante la imposición de manos, porque Dios no nos dio un espíritu de timidez, sino de poder, amor y autodisciplina. Pablo, como ejemplo, no se avergüenza de sufrir por el evangelio, y encarga a Timoteo que guarde el buen depósito mediante el Espíritu Santo, señalando que todos en Asia lo han abandonado, excepto la casa de Onesíforo, quien a menudo lo consolaba.
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