El joven Jeremías fue llamado por Dios para convertirse en profeta. Dios le dijo que lo había conocido y elegido antes de su nacimiento. Jeremías pensó que era demasiado joven para hablar, pero Dios personalmente extendió su mano para tocar su boca, puso palabras en ella y le dio dos visiones (una rama de almendro y una olla hirviendo) para fortalecer su misión.
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