Había en el desierto un profeta llamado Juan, que vestía ropas de pelo de camello y comía langostas y miel silvestre, predicando un mensaje de arrepentimiento. Personas de todas las regiones acudían a él, eran bautizadas en el río Jordán y confesaban sus pecados. Juan declaró: “Después de mí viene uno que es más poderoso que yo, y yo no soy digno de agacharme y desatarle las sandalias”.
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