El rey Asuero elevó a Amán a un alto cargo y ordenó a la gente que se inclinara ante él. Mardoqueo, en la puerta del palacio, no quiso inclinarse, y Amán se puso furioso. Comenzó a planear hacer daño a todo el pueblo judío. Con palabras suaves, Amán engañó al rey, recibió el anillo del rey, escribió un decreto para destruir a los judíos y lo envió por las provincias. La gente de Susa estaba confundida y asustada, y Mardoqueo y el pueblo de Dios cayeron en un gran peligro. Esta historia nos recuerda que el orgullo puede llevarnos a tomar decisiones crueles, pero Dios sigue velando por su pueblo y nos llama a temerle y a confiar en Él en tiempos de crisis.
Amán quería hacer daño a todo un pueblo porque un hombre no se inclinaba ante él. El orgullo puede hacernos pensar demasiado bien de nosotros mismos, y la ira puede convertirse en planes que dañan a otros y traen graves consecuencias. Dios ve el orgullo y la injusticia, y también vela por su pueblo cuando está en peligro. Podemos aprender a ser humildes y a temer a Dios, sin dejar que el orgullo o la ira dominen nuestros corazones. Cuando nos enfrentamos a la injusticia o al miedo, podemos confiar en que Dios sigue teniendo el control y pedirle ayuda.
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