Un joven rico preguntó a Jesús cómo recibir la vida eterna. Jesús le mostró que, aunque había guardado los mandamientos desde su infancia, todavía tenía que vender sus posesiones, dar a los pobres y seguir a Jesús. Como tenía muchas riquezas, el joven se fue triste. Jesús enseñó a los discípulos que las personas no pueden entrar en el reino de Dios por sus propias fuerzas, pero que con Dios todo es posible.
El joven rico tuvo que elegir entre sus riquezas y seguir a Jesús, pero se marchó triste porque no podía desprenderse de sus posesiones. Jesús nos enseña que la vida eterna no se puede comprar con nuestras buenas obras; se recibe confiando en la gracia de Dios. La verdadera sabiduría consiste en estar dispuestos a despojarnos de lo que nos atenaza el corazón para seguir a Jesús. Ese sacrificio no es pérdida, sino entrega de nuestro corazón a Dios.
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