Juan contempla un cielo nuevo y una tierra nueva. La resplandeciente ciudad santa baja del cielo, y sus puertas doradas permanecen siempre abiertas. Jesús recibe a todos con una sonrisa llena de ternura. Allí no hay noche, ni lágrimas ni dolor. Los niños corren y ríen felices, las familias comparten deliciosos alimentos y hasta los animales son buenos amigos. Dios mismo habita con su pueblo, y su gloria y la luz del Cordero iluminan la ciudad para siempre.
Dios promete que un día hará que todo sea nuevo. En ese mundo nuevo no habrá lágrimas, dolor ni muerte. Esto nos enseña que, por muchas dificultades que tengamos que afrontar ahora, podemos tener plena esperanza, porque Dios enjugará finalmente todas nuestras lágrimas y nos permitirá estar con Él para siempre, disfrutando de una paz y una alegría completas.
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