En el amplio desierto de Judea, el sol brillaba sobre las rocas y el camino. El río Jordán, fresco y claro, resplandecía cerca. Junto al río vivía un hombre muy especial llamado Juan el Bautista. Llevaba una ropa áspera de pelo de camello, un cinturón de cuero, y comía langostas y miel silvestre. Su rostro estaba tostado por el viento, pero sus ojos brillaban. De pie junto al río, llamaba con voz fuerte a todos los que pasaban: “Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado” Aquella voz sonaba como una trompeta en el desierto. De Jerusalén y de la región del Jordán venían abuelos, abuelas, papás, mamás y niños para escucharlo. Confesaban sus pecados, lloraban y decían: "Lo siento"; luego entraban uno por uno en el Jordán, y Juan los bautizaba. Al salir del agua, sus rostros brillaban como si recibieran una vida nueva. Pero también llegaron personas con túnicas elegantes y la nariz muy alta, solo para aparentar. Juan les dijo con seriedad: "Demuestren con acciones que de verdad se arrepienten". Después anunció con alegría: "Viene alguien más grande que yo; ni siquiera soy digno de llevar sus sandalias". Un día claro, Jesús llegó desde Galilea hasta el Jordán. Juan abrió mucho los ojos y dijo: "¡Tú deberías bautizarme a mí!" Jesús sonrió y respondió: "Hagámoslo así ahora". Entonces Juan llevó a Jesús al río y lo bautizó. Cuando Jesús salió del agua, el cielo se abrió; una paloma blanca y suave, como el Espíritu Santo, descendió y se posó sobre Él. Entonces se oyó desde el cielo una voz cálida y llena de amor: “Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento”. Todos miraron hacia arriba maravillados. Este relato nos recuerda que Dios llamó a las personas por medio de Juan el Bautista en el desierto, y también nos llama a nosotros. Cuando nos arrepentimos de corazón y caminamos hacia Dios, el agrado del Padre descansa sobre nosotros como aquella paloma suave.
Juan el Bautista fue un mensajero enviado por Dios. No llevaba ropa elegante ni vivía en un palacio; vivía en el desierto y proclamaba con una voz clara y fuerte: “Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado” Dios siempre llama a las personas. Usó la voz de Juan para llamar al pueblo a dejar el pecado; usó el agua del Jordán para mostrar el arrepentimiento de quienes querían cambiar; y de una manera aún más maravillosa, llamó a Jesús hasta el río, hizo descender al Espíritu Santo como una paloma y dejó que la voz del Padre declarara: “Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento”. Aprendamos también tres cosas. Primero, cuando oímos el llamado de Dios, no basta decir: "Ya lo sé"; debemos dar un paso real hacia el cambio, como las personas que caminaron hasta el río. Segundo, el arrepentimiento verdadero no es solo decir "lo siento" por fuera, sino dar fruto: no repetir el mal, hacer el bien y perdonar de corazón. Tercero, cuando caminamos sinceramente hacia Dios, el agrado del Padre descansa sobre nosotros con ternura, como aquella paloma blanca, porque en Jesús también somos hijos amados del Padre. ¿Quieres responder hoy al llamado de Dios y recibir su amor?
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