José conoció en la cárcel al copero y al panadero del faraón. Una noche, cada uno de ellos tuvo un sueño inquietante. José se fijó en sus caras tristes y les preguntó amablemente qué les pasaba. Les dijo que interpretar los sueños era cosa de Dios y les invitó a que se los contaran. El copero soñó con una vid con tres sarmientos llenos de uvas, y exprimía el zumo en la copa del faraón; José le explicó que el faraón le restituiría en tres días. El panadero soñó con tres cestas de comida sobre su cabeza, y unos pájaros se comían la comida; José le dijo con dulzura y sinceridad que en tres días se lo llevarían y no volvería a su antiguo trabajo. José pidió al copero que se acordara de él cuando volviera a su puesto y le ayudara a salir de la cárcel. Tres días después, ambos sueños se hicieron realidad tal como José había dicho, pero después de que el copero regresó al palacio, se olvidó de José.
José no se quedó en la cárcel compadeciéndose de sí mismo. En lugar de eso, siguió observando y sirviendo a la gente que le rodeaba. Cuando explicó los sueños, dio la gloria a Dios, no a sí mismo. El copero se olvidó de José, pero Dios no se olvidó de él. Esto nos enseña a seguir sirviendo fielmente a los demás mientras esperamos, a dar gloria a Dios y a confiar en que Dios obrará en el momento oportuno.
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