El rey Salomón comenzó a construir el templo de Yahveh, una gran casa de sesenta codos de largo, veinte de ancho y treinta de alto. Su interior estaba recubierto de paneles de cedro y oro puro, con palmeras, flores y querubines. En el interior del Lugar Santísimo había dos querubines de madera de olivo, cuyas alas se extendían por toda la sala. El templo se terminó en siete años, y cada detalle era un testimonio de reverencia a Dios.
El templo tardó siete años en completarse, y cada piedra, cada tablón de cedro y cada detalle de oro mostraban reverencia a Dios. Esto nos enseña que cuando trabajamos para glorificar a Dios, hasta los detalles más pequeños merecen lo mejor de nosotros. Dar fielmente a Dios lo mejor de nosotros es la esencia misma de la verdadera adoración.
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