Después de que Salomón terminó el templo y el palacio real, el Señor se le apareció por segunda vez, como le había ocurrido en Gabaón. Dios le dijo a Salomón que había escuchado su oración y consagró el templo. Pero Dios también le advirtió solemnemente: debía andar en los caminos del Señor como lo había hecho su padre David. Si Israel alguna vez se volviera a adorar a otros dioses, Dios los expulsaría de la tierra que les había dado. Salomón continuó expandiendo el reino y construyendo muchas ciudades.
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