Después de la muerte de Salomón, su hijo Roboam fue a Siquem para ser hecho rey de todo Israel. El pueblo le pidió que aligerara el pesado yugo que su padre les había impuesto, y Roboam les dijo que regresaran al cabo de tres días. Primero consultó a los ancianos, quienes lo instaron a tratar con bondad al pueblo; luego consultó a los jóvenes que habían crecido con él, quienes le aconsejaron que fuera aún más duro. Roboam siguió el consejo de los jóvenes y le dijo al pueblo que sería aún más severo que su padre. Al ver que el rey no escuchaba, las diez tribus se rebelaron contra la casa de David e hicieron a Jeroboam rey de Israel. Roboam trató de reunir un ejército para pelear, pero Semaías, el hombre de Dios, trajo la palabra del Señor prohibiéndoles pelear, porque esto era de parte del Señor. Jeroboam, temiendo que el pueblo regresara a Jerusalén para adorar y así regresar a Roboam, hizo dos becerros de oro y los colocó en Betel y en Dan, induciendo al pueblo a la idolatría.
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