Nehemías vivió en el palacio persa y sirvió como el copero de mayor confianza del rey. Fue diligente y cuidadoso. Un día, su hermano Hanani regresó de la lejana Judá para verlo. Los dos hermanos llevaban mucho tiempo separados y se abrazaban fuertemente. Nehemías preguntó con entusiasmo acerca de Jerusalén. Pero el rostro de Hanani se puso pesado, y dijo en voz baja: "El muro de Jerusalén está derribado, y sus puertas han sido quemadas a fuego. El pueblo que queda allí está en gran angustia, y nadie los protege". Cuando Nehemías escuchó esto, las lágrimas rodaron por sus mejillas. Se sentó y lloró y se lamentó durante muchos días. No podía soltar a su pueblo ni a la ciudad santa de Dios. Entonces Nehemías ayunó y oró ante el Dios del cielo. Confesó sinceramente que él y el pueblo se habían desviado de los caminos de Dios. Se aferró firmemente a la promesa de Dios: "Si volvéis a mí, os reuniré de nuevo". Clamó a Dios por la misericordia y pidió a Dios que le concediera el favor ante los ojos del rey, porque una idea valiente estaba creciendo en su corazón: quería regresar él mismo a Jerusalén y ayudar al pueblo a reconstruir el muro. A la mañana siguiente, Nehemías se vistió con su mejor manto y levantó la copa de oro del rey. Sus manos temblaron un poco, pero su corazón se llenó de la misericordia de Dios. Paso a paso, caminó hacia el salón del palacio; sus lágrimas se habían convertido en oración, y la oración se había convertido en coraje. Esta historia nos dice: cuando vemos problemas en nosotros mismos o en los demás, lo primero que debemos hacer es acudir a Dios en oración; Dios es un Dios bueno, lleno de misericordia, que escucha cada grito sincero y que nos da valor para que seamos una bendición para los demás.
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