Pablo vio en una visión a un hombre de Macedonia que pedía ayuda, así que él y Silas cruzaron el mar hasta Filipos. Junto al río conocieron a Lidia; ella creyó en Jesús y los recibió en su casa. Pablo expulsó un espíritu malo de una joven esclava, pero sus dueños se enojaron y llevaron a Pablo y a Silas ante las autoridades. Los golpearon y los metieron en la cárcel. A medianoche, Pablo y Silas cantaban alabanzas a Dios. De repente, un gran terremoto sacudió la cárcel, las puertas se abrieron y las cadenas se soltaron. El carcelero preguntó asustado: «¿Qué debo hacer para ser salvo?». Pablo respondió: «Cree en el Señor Jesús». Esa noche el carcelero y toda su familia creyeron, fueron bautizados y se llenaron de alegría.
Cuando obedecemos la guía de Dios y aun así enfrentamos sufrimiento o injusticia, no debemos desanimarnos. Pablo y Silas sufrieron en la cárcel, pero siguieron cantando alabanzas a Dios. Su perseverancia y valentía tocaron al carcelero y a toda su familia, quienes creyeron en el Señor. Dios puede mostrar su poder en los lugares más oscuros: las cadenas pueden romperse y la desesperación puede convertirse en alegría. En todo tiempo y lugar podemos confiar en Dios y alabarlo.
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