Mientras Esdras todavía estaba arrodillado llorando ante el templo confesando sus pecados, la gente comenzó a reunirse una por una a su lado. Todos los adultos y niños sintieron el dolor en sus corazones, porque ellos también sabían que se habían desviado de los caminos de Dios. Entonces salió un hermano valiente llamado Secanías. Con la mano en el pecho le dijo a Esdras: "¡No desesperes! Todavía hay esperanza. Podemos hacer un pacto con Dios nuevamente y servirle con todo nuestro corazón". Ante estas palabras, Ezra se puso de pie con lágrimas aún en el rostro. Los limpió y envió mensajeros a cada ciudad, diciendo: "Dentro de tres días todos deben venir al templo". Los mensajeros corrieron por todas las calles. El día señalado, se juntaron nubes oscuras y la lluvia empezó a caer, goteando, goteando, goteando. Sin embargo, nadie huyó. Temblaron bajo la lluvia, pero sus corazones eran cálidos y valientes. Juntos, bajo la lluvia, levantaron las manos y respondieron a Ezra en voz alta: "¡Debemos hacer lo que has dicho!". Sus lágrimas se mezclaron con las gotas de lluvia y sus rostros se llenaron de alegría. Pronto dejó de llover, salió el sol y un hermoso arco iris se arqueó en el cielo. Dios había recibido su promesa. Esa noche, Ezra se sentó junto a la ventana, miró las estrellas y oró en voz baja: "¡Gracias, Dios!" Esta historia nos dice: el verdadero arrepentimiento no es un momento de tristeza, sino hacer humildemente una promesa a Dios y luego cumplirla con todo nuestro corazón. Dios siempre se deleita en un corazón comprometido y vuelto a Él.
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