Después de que Jesús fue bautizado, el Espíritu Santo lo llevó al desierto, donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches y fue tentado. En el desierto árido solo había viento, rocas y sol ardiente. Jesús estaba allí solo, cada vez con más hambre, pero su corazón permanecía muy unido al Padre celestial. El astuto Satanás se acercó y le presentó tres tentaciones: primero, convertir las piedras en pan, pensando solo en el hambre; segundo, lanzarse desde la parte alta del templo para poner a prueba a Dios; tercero, postrarse ante Satanás a cambio de la gloria de todos los reinos del mundo. Cada vez, Jesús respondió con la palabra de Dios: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios», «No pondrás a prueba al Señor tu Dios» y «Adora al Señor tu Dios y sírvele solo a él». Jesús obedeció al Padre, se aferró a la Escritura, y al final Satanás se fue y su sombra desapareció. Los ángeles bajaron del cielo para servir a Jesús, trayéndole alimento y consuelo. Este relato nos enseña que la tentación vendrá, pero los niños que obedecen a Dios y se aferran a la Escritura pueden vencer como Jesús.
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