Cuando el rey Asuero se enteró de que Amán había dañado al pueblo de Ester, le dio todos los bienes de Amán a la reina Ester. Ester llevó a su primo Mardoqueo ante el rey, quien tomó el anillo especial de su dedo y lo puso en la mano de Mardoqueo. Desde aquel día Mardoqueo llegó a ser el principal ayudante del rey. Sin embargo, el corazón de Ester todavía estaba apesadumbrado. El decreto anterior de Amán de destruir a su pueblo ya había sido enviado a las provincias y, según la ley de Persia, no podía ser revocado. Una vez más se puso sus ropas reales y caminó hacia el salón del rey llorando, cayendo a sus pies para suplicar por su pueblo. El rey Asuero extendió el cetro de oro y le dijo gentilmente a Ester: "Tú y Mardoqueo podéis usar mi anillo y escribir una nueva carta en mi nombre, para que los judíos puedan levantarse valientemente ese día para protegerse". Mardoqueo se sentó, escribió la nueva carta y la selló con el sello del rey. Mensajeros veloces llevaron las buenas nuevas por colinas y valles a todos los rincones del reino. Cuando Mardoqueo salió del palacio con túnicas reales azules y blancas y una corona dorada, toda la ciudad aplaudió. Las familias se abrazaron y los niños bailaron en las calles. La noche de llanto se había convertido en la mañana de alegría. Esta historia nos dice: La gracia de Dios es mayor que cualquier decreto malvado que no se puede deshacer. Cuando clamamos a Dios con lágrimas en los ojos, Él escribirá un nuevo decreto para nosotros, uno que convertirá nuestra tristeza en gozo.
Después de que se emitió el mortal decreto de Amán, toda esperanza parecía haberse esfumado. Según la ley de Persia, ni siquiera el propio rey podía anular esa orden. Pero la gracia de Dios no está limitada por ningún decreto que no pueda cambiarse. Cuando Ester clamó entre lágrimas ante el rey, la gracia de Dios, a través de un anillo y una nueva carta, sacó a todas las familias judías del reino de la sombra de la muerte. Recordemos tres cosas. En primer lugar, cuando parezca que no hay salida, no desesperes. Dios siempre abre un nuevo camino en lo imposible. En segundo lugar, cuando clamamos a Dios con lágrimas en los ojos, su gracia ya está escribiendo para nosotros un nuevo decreto de "tristeza convertida en alegría". En tercer lugar, la esperanza no depende de si nuestras circunstancias cambian. Depende de si Dios escucha nuestra oración. Los que lloran una noche se alegrarán por la mañana, porque su gracia es para toda la vida.
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