Jesús miró la ciudad de Jerusalén y se llenó de tristeza. Él dijo: "Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te envían. ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí, tu casa te ha quedado desolada". Los discípulos le señalaron a Jesús los edificios del templo, pero Él profetizó que este templo sería derribado y no quedaría piedra sobre piedra. Más tarde, en el Monte de los Olivos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Cuándo sucederán estas cosas? ¿Qué señales nos lo dirán?" Jesús amablemente les enseñó a velar y no dejarse engañar, porque el cielo y la tierra pasarán, pero Sus palabras nunca pasarán.
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