Cuando Jesús estaba a punto de entrar en Jerusalén, vio la ciudad desde lejos. Las murallas eran grandiosas y la cúpula dorada del templo brillaba al sol. ¡Qué hermosa era! Pero mientras seguía mirando, las lágrimas rodaban por su rostro. Sabía que, aunque la gente de la ciudad adoraba todos los días, sus corazones no lo habían conocido de verdad. No se habían vuelto atrás, no se habían arrepentido y no habían dejado que la misericordia de Dios entrara en sus vidas. Suavemente, Jesús dijo: "¡Jerusalén, Jerusalén! Si hoy hubieras conocido las cosas que te traen la paz". Cómo anhelaba reunir bajo sus alas a cada persona de esta ciudad, como una gallina madre reúne a sus polluelos. Pero no estaban dispuestos. Las lágrimas de Jesús eran lágrimas de ternura, lágrimas de misericordia. No lloraba de rabia, sino de amor y de nostalgia. Este Señor no es en absoluto lo que a veces imaginamos; no espera para castigarnos. Al contrario, se queda fuera de la ciudad llorando, con los brazos extendidos, esperando a que nos volvamos. Al final, Jesús se secó las lágrimas y, con el corazón todavía lleno de amor, entró en la ciudad. Seguiría hablando a todos de la misericordia de Dios, e invitando a cada uno a arrepentirse y volver al abrazo de Dios.
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