Cuando el nuevo gobernador Festo reemplazó a Félix, los líderes judíos le rogaron que enviara a Pablo de vuelta a Jerusalén para ser juzgado, mientras planeaban en secreto matarlo en el camino. Festo decidió celebrar el juicio en Cesarea. Cuando los acusadores no pudieron presentar ninguna prueba real, Pablo ejerció su derecho como ciudadano romano y apeló a César. Festo declaró: «Has apelado a César. ¡A César irás!»
Pablo apeló valientemente a César no por miedo, sino porque confiaba en la promesa de Dios. Aun encadenado, Pablo vio la mano de Dios guiando sus pasos. Dios gobierna sobre todo, y cuando enfrentamos dificultades, podemos cobrar ánimo y confiar plenamente en que Dios ya preparó el camino para nosotros.
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