Pablo llegó sano y salvo a Roma. En la isla de Malta, lo mordió una serpiente venenosa, pero no sufrió ningún daño. Por medio de la oración, sanó al padre de Publio y a muchas otras personas. Tres meses después, Pablo partió hacia Roma, donde predicó el evangelio durante dos años completos. Recibía a todos los que venían a verlo y les hablaba del reino de Dios. Pablo dijo: «Que la gracia del Señor Jesús esté con todos los santos».
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