Cuando Jesús entró en Jerusalén, se dirigió directamente al templo. La casa de Dios debe ser sagrada, un lugar tranquilo donde todos puedan orar. Pero cuando Jesús levantó la vista, el templo estaba lleno de mercaderes. Unos vendían vacas, otros ovejas, otros palomas, y otros se sentaban a las mesas para cambiar dinero y cobrar comisiones. El ganado bramaba, las ovejas balaban y los gritos llenaban los atrios con tal estruendo que no quedaba ningún rincón tranquilo para orar. El corazón de Jesús se entristeció profundamente. La casa de Dios se había convertido en un mercado. Tomó unas cuerdas e hizo un pequeño látigo, echando suavemente a los animales fuera. Volcó las mesas de los cambistas, y las monedas tintinearon por el suelo. Jesús dijo con firmeza: "Mi casa es casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones". Todos se callaron. Una vez que el templo quedó en silencio, Jesús se sentó y enseñó suavemente a la gente. La casa de Dios es santa y no debe ser profanada por el dinero y la codicia. Es una casa de oración, un lugar donde la gente viene para ser bendecida, sanada y escuchada. Al final, los niños miraron con los ojos muy abiertos y dieron gracias por Jesús, que limpió el templo con amor y santidad.
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